En los actos pequeños y cotidianos se esconden nuestras razones más profundas. O al menos eso fue lo que pensé, porque un abrazo había sido algo casi impersonal para mí, poco más que estrechar la mano de alguien que acabas de conocer, hasta el día que ella saltó a mi cuello con emoción sincera y después de un breve apretón de brazos, sonrió y me dio gracias. En ese momento me sorprendió, así que asumí que mi inestabilidad se debía a la conmoción del momento. Cuando la vi alejarse no hallé extraño que mi corazón latiera despacio y con fuerza y que, como lo pude comprobar más tarde, una marea de frío nacida en el punto exacto donde mis brazos fueron apretados por los suyos, recorriera mi cuerpo hasta hacerme cosquillas en los dedos de los pies.
Y vino el vacio.
Primero corporal, como un hambre de no sé qué porque no se sacia con comida de sal, ni de dulce, un juguito para la sed o un postre delicioso. Es más, continuaba ahí a pesar de que el estómago gritaba basta y la sensación alcanzaba a llegar a la base de la lengua, ubicada en el fin del cuello para mejores referencias. Luego pasó a ser sentimental, como una sensación de consentimiento, de querer ser niño y estar bajo el cuidado de alguien protector, alguien que pase sus horas velando con sus caricias nuestro sueño y se lleve lejos nuestros problemas. Y al final se volvió existencial, como una especie de sinsentido en todo y todos, una pregunta después de cada meta, una desesperanza hacia el porqué y el para qué de todo.
Desde entonces tengo la impresión de que se ha roto mi ancla y que navego sin rumbo, que no tengo una conexión con el mundo y que mis únicas posibilidades se encuentran en un alguien que traduzca mis emociones a lenguajes entendibles para humanos. De repente me di cuenta de que me he gastado demasiado tiempo en hacer las cosas bien sin preguntarme qué cosas, sin preguntarme qué quiero hacer y, sobre todo, sin tener a alguien a quién contárselo. Ahora me identifico con un enigma que nadie quiere resolver, que se cansa de entregar pistas y no hallar interés, que promete tesoros y está dispuesto a compartirlo todo, arriesgarlo todo y entregarlo todo pero que se queda esperando prudente “a la primera persona” que se decida a cruzar el umbral.
Siempre (desde hace algún siempre) he dicho que la enfermedad que nos acaba es la soledad. Hoy ya no sé si otro comparte esta sensación (solipsismo metodológico documental) de estar solo, si vibra con el abrazo de una desconocida que no tiene idea del temblor de tierra que generó, y si, peor aún, está dispuesto a compartir un pedazo de su mundo y un momento de su existencia.
He tratado de ser yo mismo y de ser otro más chévere, de esperar y de buscar, de retar al destino, de seguir indiferente, de escribir, de leer, de unirme a un grupo de librepensadores y a uno de los que no tienen que tener opiniones con respecto a nada. He buscado en grandes, en sencillos, en viejos, en niños viejos, en las personas más cercanas y en los más odiosos desconocidos. Pero siempre termino necesitando una droga que cubra ésta realidad y no me deje estallar en el llanto más inexplicable que supongo se puede llegar a tener, no porque me dé pena sino porque lo considero inútil y, de hecho, creo que generaría una dificultad mayor con respecto a mis propósitos.
Parece ser que debo seguir, sin poner en consideración desmedida dicha sensación para que así pueda vérseme como otro espécimen más de nuestra bella raza, y pueda tener una vida normal y familia, hijos, éxito, y una importante publicación en la que algunos lean esto y se depriman.